Decenas de generaciones de argentinos han crecido sabiendo cómo murió Túpac Amaru sin recordar cuál fue el motivo de su último suplicio. El último Inca no ha quedado en el imaginario colectivo como el símbolo de la libertad americana sino como el más gráfico ejemplo del descuartizamiento.
Las reformas borbónicas, implementadas por Carlos III a fines del siglo XVIII, con su afán centralizador y recaudador, significaron un aumento del trabajo y la opresión de los indígenas.

Túpac presentó una petición formal para que los “indios” fueran liberados del trabajo obligatorio en las minas. Denunciaba los esfuerzos inhumanos a que eran sometidos, los largos y peligrosos caminos que debían andar para llegar hasta allí.
La Audiencia de Lima, compuesta mayoritariamente por encomenderos y mineros explotadores, ni siquiera se dignó a escuchar sus reclamos.
La primera tarea fue el acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas. Pequeños grupos asaltaban depósitos y casas de mineros. Así, el arsenal rebelde fue creciendo. Por donde pasaba el ejército libertador de Tupac, se acababa la esclavitud, la mita y la explotación de los seres humanos.
La gravedad de la situación llevó a los virreyes de Lima y Buenos Aires a unir sus fuerzas y reunir un ejército de 17.000 hombres.

Túpac Amaru intentó la fuga, pero fue hecho prisionero y sometido a las más horribles torturas durante varios días. Túpac no delató a nadie.
El 17 de mayo de 1781 Túpac Amaru fue condenado a muerte. La condena alcanzó a toda su familia ya que recomendaba que fuera exterminada toda su descendencia, hasta el cuarto grado de parentesco.
