Psicología: Adolescencia (primera parte)

La columna de la Licenciada en psicología Analía Rippstein aborda un tema preocupante para los padres de hoy: la adolescencia. Esa edad en que nuestros hijos nos parecen incontrolables. En esta primera parte, las claves para una relación en armonía con nuestros adolescentes.

Es una etapa de turbulencias que no sólo agita a quienes la atraviesan, sino también a su entorno, y en primer lugar a sus padres. Aquí la vedette son altibajos emocionales, lo que hace común que los adolescentes se revelen y quieran llevarle la contra a sus padres.

La principal tarea a resolver es lograr ser independientes. En esta etapa se ensaya el rol adulto, y lo difícil es entender que ya no es un niño pero tampoco llega a ser adulto aún. Los cambios que se observan a esta edad son producto de la transformación en la que se encuentran los ya no tan niños. Y debido a todas estas características es imposible vivir una adolescencia tranquila. Nadie puede predecir con exactitud cuánto tiempo va a durar, y el caos en ella no es sinónimo de enfermedad sino de renovación.
Muchos padres dicen frases como “Ya no se qué hacer con mi hijo”, y esto pasa porque se perdió la autoridad, o porque en un intento de ser comprensivos y apoyarlos se transformaron en amigos de sus hijos, lo que no es parte del rol que implica ser padres.
Puede haber momentos en que no reconocen a sus antiguos pequeño y añorarán los momentos de la infancia en donde poner límites era mucho más sencillo. No hay que olvidar que durante la adolescencia las personas aprenden a ser ellas mismos, a tomar decisiones solas, a convivir más con sus pares y a ser más independientes. Para hacerse adultos necesitan desprenderse de los padres, o lo que suena peor, necesitan rechazarlos un poco para ensayar ellos su propia autoridad y autonomía.
Los berrinches, caprichos y actitudes desafiantes de los adolescentes no siempre son problemas conductuales que deben corregirse de inmediato. De todas estas conductas conflictivas 7 de cada 10 son normales y esperadas. Por eso los padres no deben preocuparse exageradamente en un principio, sino ocuparse cuando las conductas que no son habituales se mantienen a lo largo del tiempo y generan angustia.
Lic. en psicología Analía Rippstein