Echegaray Davies trabajaba en el campo, a la intemperie: reparaba molinos en la Patagonia. El 31 de octubre de 2017, con 60 años, Echegaray arrancó un viaje a pie de Ushuaia a Alaska. No sabía cuánto tardaría, pero tenía la firme convicción de caminar hacia el norte. Con brisa apacible, calor de fuego, vientos endemoniados o frío de veinte bajo cero, el objetivo era claro y la voluntad, de titanio. Antes de salir le puso un nombre al plan: Caminata Las 3 Américas para convertirse en un loco que va a pata hasta Alaska, un tozudo, un caminante.

En el viaje usó zapatillas reforzadas -cinco pares- y arrastró un carro, el carricatre pilchero, de doscientos kilos. Ahí llevaba ollas y sartenes, ocho litros de agua, latas de comida, pinzas, llaves para cambiar ruedas, lo que necesitaba para avanzar varios días en la estepa donde no hay kioscos ni gomerías. La mayoría de las veces no usaba la vajilla porque la gente lo invitaba a comer, pero él se sentía seguro con el carro a tope de cosas.

De Buenos Aires a Alaska hay unos 14.000 kilómetros en línea recta, pero el patagónico le agregó un detalle patriótico: pasar por las capitales de provincia argentinas, y eso sumó 4.000 y muchas entrevistas en diarios, radios, televisión y web. En cada capital visitaba la oficina de turismo para que un empleado firmara y sellara su diario-bitácora.

Hace menos de dos meses aterrizó en Ezeiza con barbijo y máscara facial. Nadie lo esperaba para vitorearlo. En Retiro tomó un ómnibus y viajó un día y medio hasta sus pagos. En el micro, un pasajero lo reconoció. En el viaje no solo había cumplido años, se había hecho popular.
Llegó. Está en su casa con su mujer, sus hijas, nietos y una bisnieta nueva. Volvió después de caminar dos años y dos meses y de pasar ocho meses parado en Fargo, Dakota del Norte. Lo frenó el coronavirus. Tuvo que parar porque el mundo se había detenido.
Fue en Dakota del Norte, donde se le acercaron un par de policías a decirle que no circulara, por precaución y por frío. Pero él los convenció de que sabía lo que hacía y lo dejaron seguir.

Una mujer que se había acercado en la mañana volvió y le dijo que había contratado una camioneta con un tráiler para llevar su carro y que ya le había reservado un hotel, la cena y el desayuno. ¿Cuál de esas tres palabras lo convenció? ¿O fueron las tres? Esa noche durmió en un hotel con calefacción mientras afuera nevaba.
Rollie Johnson es un pastor laico que sería crucial en su espera. Le consiguió un hotel y una casa, después otra y luego un departamento que se alquilaba por Airbnb, pero con el Covid no había turistas, así que podía quedarse.

Cuando Martín pasó por Houston Manzolillo estaba en Argentina, un coterráneo de Trelew que lo alojo en su casa. Y también promovió el agasajo en la Casa Argentina de Houston, una cena para unas 15 personas a la que asistió el cónsul Gabriel Volpi.
El método Echegaray es caminar por la banquina. Como dicen en el campo, despacito y por la costa como sulky sin patente. Camina con el carro a menos de un metro de las ruedas de los camiones altos como edificios que pasan rapidísimo.
Arrastrar el carro hacía que le costara más caminar, entonces Echegaray no se desviaba para conocer un pueblo porque después tenía que regresar y perdía fuerza y tiempo. Dormía ahí nomás, a unos metros de la banquina.

Resumiendo; en Bolivia se apunó y tuvo que hacer un tramo en auto. En Bogotá fue a la oficina de los récords Guinness y se habían mudado de país.
En Río Bravo, en el estado de Tamaulipas, pasó un mes y diez días en la casa de Cecilia Flores y su marido Antonio esperando que le saliera la visa para cruzar a Estados Unidos.
Un periodista contó las selfies que se sacó con los que lo cruzaban: 1.718. Supe que al cruzar la frontera no tuvo problemas con el inglés porque había tantos latinos que hablaba español. Supe que en Nebraska lo llevaron a conocer el museo de la inmigración galesa y se emocionó al ver que usan molinos de agua, como acá, como los que el reparaba.
Sobre la “cultura de la comida chatarra”, dice la hamburguesa de Estados Unidos le pareció la “porquería más grande que comí porque eso no es carne picada, es una pasta como el paté de foi”.

Entonces estalló el Covid. Las agencias de migraciones cerraron, el mundo se volvió incierto y Alaska se convirtió en una sortija imposible. Regreso al país, donde completara su bitacora. Aunque ya no repara molinos de agua, como los que usan en Gales, la tierra de sus antepasados.
