A cuarenta años de su gran invento lúdico, el húngaro Erno Rubik publicó sus memorias. En Cubed: The Puzzle of us all cuenta su vida en Hungría, relata los pormenores de su gran invención que después de un comienzo dudoso en que no lograba despegar de la difusión del juego en su propio país, terminaría por conquistar el mercado internacional de juguetería.
Nació en 1944 en Budapest y desde muy chico empezó a mostrar una inusual facilidad para resolver rompecabezas. Unos años después la vida familiar quedaría marcada por la expropiación de la fábrica del padre por el Estado comunista.

En 1974, viviendo en un cuarto de niño hiperdotado pero ya con 30 años de edad, Erno Rubik tuvo una iluminación: reunir ocho cubos pequeños de tal forma que permanecieran unidos pero también pudieran moverse individualmente.
Al comienzo no funcionó, pero poco a poco y con mucha intuición e inspiración, fue haciendo girar los lados hasta conseguir inventar lo que desde entonces se conocería como el cubo mágico y más adelante “el cubo Rubik”.
Ernő comenzó a mostrar una facilidad inusual para los rompecabezas. Según cuenta en el libro, pronto llegó a sus manos el milenario tangram chino (siete piezas de diferentes formas y colores que, reunidas sin solaparse, pueden armar figuras geométricas), luego el Juego del 15 y, finalmente, el Pentominó: un acertijo poli-geométrico que inspiró al creador del Tetris.

Entre 1977 y 1979, el Cubo vendió 300 mil unidades en su país y recibió los premios de la Feria Internacional de Budapest y el Ministerio de Cultura. Mezclado entre delicias húngaras como las salchichas y el vino Tokaji, hizo sus primeros viajes y vendió otros 50 mil más allá de las fronteras. Las empresas elogiaban el juguete, sin embargo, no lograban interesarse.
Para mediados de los noventa el Cubo ya tenía sus versiones digitales. Los mundiales de speedcubing ajustaban sus reglas y agregaban pruebas imposibles: con los ojos vendados, con una sola mano, con la menor cantidad de movimientos, con los pies.

Como una celebridad desconcertante, Ernő Rubik comenzó a llegar a los eventos y a pasearse entre los jóvenes de mirada perpleja: “¿cómo pudo este modesto y poco impresionante caballero húngaro haber creado este objeto milagroso?”
