La inflación determina que los salarios pierden frente al precio de la carne

El Índice General que elabora el Mercado de Liniers (IGML) registraba en abril un incremento interanual del 95%. En mayo, este mismo índice trepaba al 102%. Sin embargo, los valores generales de la hacienda eran un 22% superiores a los de mayo de 2020 -medido con precios deflactados por el Índice de Precios Internos Mayoristas (IPIM).

El precio de la hacienda se estabiliza y comienza a perder contra inflación. Es cierto que, por entonces (diciembre de 2020), los precios habían acumulado una suba que los posicionaba cerca de un 40% por sobre el promedio de los últimos 10 años. Actualmente, estos valores solo conservan menos de un tercio de aquel “colchón”.

El precio de la carne sigue caro en términos corrientes y mucho más caro aún en términos del poder adquisitivo del consumidor. En julio, el rubro carnes y derivados, medido por el INDEC, apenas subió un 0,4% mientras y en los primeros siete meses la suba corriente fue del 34%, muy superior al 6% que conserva el precio de la hacienda.

El precio de la carne tiende a copiar la evolución del precio de la hacienda, siempre que el salario permita acompañar la suba. Por el contrario, cada vez que el salario se retrasa contra inflación y el consumidor pierde poder de compra, el precio de la carne no logra convalidar las subas registradas en el valor de la materia prima.

Muy probablemente, la fuerte inyección de pesos que está realizando el gobierno vía subsidio de tarifas, planes de ayuda, tarjetas alimentarias, etc., termine generando un ‘veranito’ en el bolsillo de cierto segmento de consumo, muy preciado electoralmente. Algo que nos aleja cada vez más de una genuina solución.