Esteban Maradona, el médico rural que pasó 40 años ejerciendo en la selva, hoy se celebra en su honor el Día del Médico Rural.

Esteban Laureano Maradona nació el 4 de julio de 1895 en Esperanza, Santa Fe, donde su padre se encontraba circunstancialmente para inaugurar el Primer Congreso Agrícola del país.

Más tarde la familia se trasladaría a “Los Aromitos”, una estancia en Barrancas, que su abuela había heredado sobre las costas del Río Coronda, también en Santa Fe, donde pasó su infancia. Cursó sus estudios secundarios en la capital de la provincia y más tarde se trasladó a la Capital Federal para estudiar medicina en la Universidad de Buenos Aires.

“No me gustaba ese aire elitista y aristocrático que tenía la universidad de aquel entonces. Los estudiantes iban con galerita, y yo, como buen rebelde, aparecía por las aulas con un enorme chambergo de tipo criollo”,[5] dijo en una ocasión.

En 1930 se graduó de médico[6] y viajó a Resistencia, Chaco, donde instaló un consultorio. Viajó a la Isla del Cerrito, donde la lepra hacía estragos e impulsó la construcción de un lazareto para la atención de los enfermos.

Publicó numerosos artículos en el periódico La voz del Chaco y dictó conferencias sobre diversos temas como lepra, lactancia, y “accidentes de trabajo”

Dejó varias obras escritas, entre las que se destacan El problema de la lepra, El problema del vinal, A través de la selva, libro editado en 1936 y 1972, donde expone las costumbres de los aborígenes y sus problemas, entre otros.

“Los capitalistas me tenían entre ojos, y como yo atacaba al gobierno militar del señor Uriburu, la policía me perseguía”.

Partió entonces rumbo a Paraguay donde comenzaba la Guerra del Chaco Boreal. Ofreció sus servicios de médico y, aunque pasó un tiempo en prisión sospechado de espionaje, pudo ejercer su profesión en el Hospital Naval, donde fue designado director.

Al terminar la guerra, Maradona regresó a la Argentina y se encontró con su destino de médico rural en Estanislao del Campo, donde atendía gratis a los habitantes de las comunidades indígena del lugar, formada por tobas, matacos, mocovíes, pilagás. Así lo recordaría tiempo después: “Cuando conocí a los indios comprendí que eran seres postergados, que habían soportado siglos la explotación, el desprecio y el olvido. Sentí un gran dolor en el corazón”

En 1986 se enfermó y volvió a su provincia natal donde pasó sus últimos años de vida con su familia. Murió de vejez, el 14 de enero de 1995, en Rosario. Tenia 99 años.