Cada 11 de diciembre, se celebra un nuevo aniversario del nacimiento de Carlos Gardel y por consiguiente el Día del Tango. Su legado fue pasando a través de varias generaciones sustentado por la pasión de gardelianos que mantienen vivo su recuerdo, pero las nuevas generaciones se han distanciado y, en general, no conocen su gesta, que es un ejemplo digno para ser recordado.
Nueva York, 1927. Lugar y año en que el cine comenzó a tener sonido y llegó a Buenos Aires. La novedosa tecnología tuvo algunas resistencias de parte de los miembros de las orquestas de tango que creían que significaría la ruina para ellos.

Pese a las protestas, los primeros equipos de sonido arribaron y a principios del 1930 Argentina se convirtió en el país que más películas importaba de los Estados Unidos después de Gran Bretaña.
A Gardel la idea de filmar con esta nueva tecnologia sonora, lo obsesionaba y la Argentina parecía ser el lugar obvio para lanzar esta nueva carrera. Quería colaborar en una película y lo que más deseaba era protagonizar un largometraje en cualquier parte y de cualquier modo, aunque tuviera una vaga idea de cómo hacerlo.

Así, Gardel filmó una serie de 15 cortometrajes, dirigidos por Morera, pero en el proceso de procesamiento se perdieron cinco y quedaron diez para su exhibición. Hace pocos años apareció El quinielero, la cinta número once, por lo que solo se habrían perdido cuatro de ellos.
El Zorzal pretendía utilizar estas filmaciones para promocionar no solo sus canciones sino también su potencial en la actuación. Pero sentía que su futuro estaba en Europa…
El 6 de diciembre de 1931, Gardel y sus “escobas” (así les decía a sus guitarristas) partieron rumbo a Francia a bordo del Conte Rosso con destino a Niza para continuar el viaje por tren hasta París.

Carlitos había logrado nuevos amigos de la aristocracia francesa y en sus viajes solía frecuentarlos, como el matrimonio Wakefield. Tenía amistad, sobre todo, con la señora Sadie Baron Wakefield, quien sentía una gran admiración y aprecio por el porteño.
Chaplin, que venia del estreno de su reciente film; Luces de la ciudad (1931) habia llegado a la costa francesa, para vacacionar fue galardonado con una cena en el casino de Juan Les Pins y hubo varios invitados, entre ellos Gardel. Existe el rumor de que Chaplin invitó al Gardel a su mesa y compartieron una botella de champagne.

“Había unos cuarenta invitados. [El cuarto estaba iluminado por lámparas chinas.] Chaplin estaba en muy buena forma. Un cantor argentino, acompañado por un guitarrista, cantó en su honor mientras Chaplin, instalándose detrás del bar, se llevaba a la boca una enorme botella de coñac y cortaba una torta gigantesca con un cuchillo descomunal” fueron los argumentos de otra velada en honor al genial cómico.
Todas estas reuniones en la Rivera francesa, con los más ricos de Europa, junto a la figura de Charles Chaplin, contribuyeron a afianzar, aún más, a Gardel dentro del corazón de todos los franceses, abriéndole las puertas de par en par, para logran su nueva ambición.
