La carne argentina es un emblema nacional, tanto cultural como económico: la ganadería aportó un 9,7 % del PBI y supuso ingresos por 3.126 millones de dólares en exportaciones en 2020. Es, sin embargo, una actividad en la mira a nivel mundial porque genera gases de efecto invernadero.
Surge entonces la pregunta: ¿es esta la única ganadería posible? Y la respuesta es no. Existen, aunque no son masivas, iniciativas que apuestan por una ganadería rentable y en armonía con el ambiente natural y con prácticas que remiten a la época anterior al boom de los insumos agropecuarios que empezó en los ‘80.
Los pastizales naturales son un bioma (del que solo queda un 22 %), como la selva o el bosque : una serie de ambientes naturales que tiene singularidades y aportes fundamentales como la posibilidad de fijar carbono en el suelo, controlar plagas y mantener el ciclo del agua y el de los nutrientes.
Lo que ocurre desde hace casi tres décadas es que los productores reemplazan el pastizal natural por pastos importados y costosos que sirven de alimento para las vacas pero que empobrecen el suelo y afectan negativamente la biodiversidad de insectos, anfibios, roedores, mamíferos y aves.
Pero la pérdida del ecosistema no es el único problema: como los pastizales naturales capturan grandes cantidades de dióxido de carbono, al remover la tierra para sembrar una pastura nueva el gas se libera y se suma al metano liberado por las vacas, que lo eructan cada 3 minutos. Dos gases que provocan efecto invernadero.
