Virginia Woolf, fue una escritora británica, autora de novelas, cuentos, obras teatrales y demás obras literarias; considerada una de las más destacadas figuras del vanguardista modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional.
En sus propias palabras: “Para la mayor parte de la Historia, Anónimo era una mujer”. Esto refleja la poca visualización recibida por aquellas primeras autoras.
A las mujeres no siempre se les permitió escribir, leer, u opinar. Son todavía miles las escritoras que probablemente nunca tendrán una exposición pertinente de sus obras.
Hoy en día el ámbito de la literatura femenina se ha convertido en una disciplina académica aparte.
Lo que sucede con la literatura escrita por mujeres es que en teoría se recrea con el hecho de que históricamente su experiencia convive y depende de su género. Es el esquema de las minorías que no lo son eternamente.

Es lamentable que su aporte a la tradición oral de las historias no sea elemental en la evolución que confluyó hacia los relatos escritos. La distorsión creada por corrientes religiosas judeo-cristianas tuvo un enorme peso en la figura de la mujer como algo más que elemento decorativo o santo.
Emily Brontë, autora de Cumbres Borrascosas; o Louisa May Alcott, autora de Mujercitas, han debido hacer uso de seudónimos masculinos para poder publicar sus obras y hacerse un lugar en el mundo de la literatura.
Fue a partir de la mitad del siglo XIX, con el realismo, que comienza a aparecer un tipo de literatura que busca la representación objetiva de la realidad, y junto a esta corriente emerge un nuevo tipo de imagen femenina de mujer oprimida que se rebela y rompe con los cánones impuestos.
Hay una diferencia entre personajes femeninos y escritoras femeninas, y es que las primeras se escriben desde el comienzo de los tiempos, sin embargo las segundas se han reinventado varias veces hasta hacerle entender al mundo que su mirada es necesaria para completar la universalidad de la literatura.
