El impacto económico de la pandemia, de las cuarentenas y la inflación complicaron cada vez más las opciones con consecuencias para la salud que también presionarán sobre los costos del sistema.
Según la canasta básica alimentaria del Indec, en junio se necesitaron $28.414 para alcanzar el conjunto de alimentos mínimos para la subsistencia (y no caer en la indigencia), $4000 por encima de un salario mínimo.
Más fideos, menos leche, más alitas de pollo, casi nada de carne, poca variedad de verduras y frutas y comedores populares es el combo al que echan mano para poder comer las familias argentinas con menos ingresos.
La malnutrición se puede dar tanto por carencia de alimentación (desnutrición) como por exceso; por ejemplo, mediante el consumo de alimentos poco saludables, pero más accesibles.
Acceder a una alimentación adecuada en cantidad, pero también en calidad, es una condición necesaria para el desarrollo pleno de las personas. En este sentido, la canasta del Indec es insuficiente como recomendación nutricional, obsoleta como medición de pobreza e inadecuada como medida de ingreso de referencia.
El Cippec describe que la incidencia histórica de la pobreza muestra un piso difícil de perforar: en los últimos 30 años, la tasa medida por ingresos nunca fue menor al 25% de las personas; la pobreza crónica es de alrededor del 10%.
