A las 9 de la mañana del día de la pelea empezaba el gran movimiento; los aprestos para la batalla; todo estaba listo para ir al pesaje; no había ninguna perturbación en los rostros; Russo estaba serio, por la trascendencia del momento. Brusa, por el contrario, no podía disimular una gran procesión que iba por dentro y miraba sin ver y respondía al rato lo que le preguntaban.

Monzón seguía con su habitual rostro que no decía nada; más bien parecía estar preparando una excursión de caza que una salida obligada por el reglamento, como es la del pesaje.
El santafesino y su séquito, enfilan para el antiguo cine-teatro Ambra Iovinelli; al mediodía regresaba al hotel para almorzar: pollo, fruta, agua mineral. Amilcar Brusa, Juan Aranda y José Menno, con el prof. Patricio Russo, estaban firmes a su lado.

Después de un descanso, eran las 17 cuando se comenzaba a animar la tarde, Monzón se dirigió a la habitación de Menno; hablaba con todos; seguía sin dar ninguna muestra de que dentro de poco tiempo podía ser campeón del mundo.
La prensa hablaba con Brusa. ¿Cuáles son las instrucciones de último momento, preguntaban. “Miren, aquí hay poco que hablar …¿Para qué le voy a meter en la cabeza alguna cosa rara? Antes de llegar al Palacio hablaremos algo…Por ahora, vamos a dejar que todo siga igual”, sostuvo el Maestro.

Segun personas que estuvieron presentes durante esas hs previas, se vivían momentos de gran responsabilidad, a los que el protagonista, desde su permanente posición de hombre sin nervios, restaba total total importancia. En ese momento no era aventurado pensar que todos los que lo rodeaban “sentían” más la pelea que “Escopeta” Monzón.
Sobre las 20.30 llegaba la hora para partir, había un solo auto enviado por el promotor Rodolfo Sabatini, el organizador del espectáculo, que debía llevar el “clan” hasta el estadio; un cuarto de hora después, la caravana comenzaba la marcha hacia la esperanza, mientras afuera llovía; había un tráfico infernal, todos iban a ver la pelea, poseían autos; debían pasar barreras y barreras de policías municipales y de tránsito.

La frialdad y el cálculo del argentino, midiendo cada vez más al oponente, terminaron con la paciencia de Benvenuti; no había siquiera roces ni enganchadas de guantes, ni quejas al árbitro germano; el local retrocedía buscando tiempo y aire; en tanto, Monzón se le iba siempre encima, cerrándoles caminos y no permitiéndole hacer absolutamente nada. Era una situación totalmente incómoda para el campeón ante un hombre que lo atacaba y atacaba.
