A mediados de 1879, el entonces presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, le escribió al gobernador de Santa Fe, Simón de Iriondo. La idea central era manifestarle su orgullo ante la presencia que tenían los cereales argentinos en el mercado europeo. “Esto debe ser festejado”, aseguró el mandatario que antes había sido ministro de Justicia durante el mandato de Domingo Faustino Sarmiento.

Iriondo se entusiasmó con la idea y redactó una invitación para Avellaneda que fue rubricada por referentes de los colonos y publicada en El Colono del Oeste, de Esperanza y transcrita en medios rosarinos. “Los colonos de la provincia queremos hacer una manifestación de gratitud a las autoridades del país (…) Es por eso que hemos pensado en ofrecerle una una fiesta colonia, que se llame fiesta del trabajo, en la que expondremos todos los elementos con que se realiza y produce la riqueza: nuestros conocimientos agrícolas, nuestros brazos, nuestras máquinas, nuestros útiles y nuestros animales de labor”, decía textualmente la nota.

Y a final venía el convite: “rogamos, pues, al señor Presidente que acepte nuestra invitación para el día 4 de noviembre, en que se festeja el Patrono de una de sus colonias más importantes, la de San Carlos”. Avellaneda, que había sido gestor de la iniciativa, aceptó.
Tras recorrer la colonia, el presidente observó un arado que había desarrollado un vecino de San Carlos, Chiaffredo Barra, y luego se dirigió hacia la zona sur de la localidad, donde se hospedó en el domicilio de Federico Goestchy.
Al conocer detalles de la historia de este colono suizo, que había nacido en Rüttenen en 1828, Avellaneda se sorprendió de que un hombre llegado a tierras argentinas hacía apenas veinte años hubiera sido capaz de convertirse en el próspero propietario de campos, molinos y negocios. La lectura del prócer, en sintonía con la mirada progresista de su tiempo, fue que el de Goestchy era un “signo del porvenir deparado a la Nación Argentina”.

Esa misma noche se realizó una cena de honor con un centenar de invitados. Avellaneda, que era un diestro orador, tomó un pedazo de pan y lo levantó para hacer referencia a los trigales de la zona, tan valorados en Europa y, en definitiva, el motivo de su presencia allí. Durante su discurso, calificó a las casas de los colonos como “jalones de marcan el progreso de la Nación”. Es que, desde su rol de presidente, Nicolás Avellaneda compartió el proyecto de país que fue fundacional para el estado argentino, basado en tres pilares: “nación, constitución y libertad”.
Al día siguiente, el presidente recorrió algunos espacios de San Carlos, entre ellos el molino harinero de Auger y Compañía, para luego continuar su itinerario hasta Esperanza donde pronunció el discurso oficial referido a la “fiesta del trabajo”.
