Documentales; HBO presento “André El Gigante”, una vida de dolores físicos anestesiada con excesos.

Cuando André René Roussimoff, nació en Coulommiers, Francia, un 19 de mayo de 1946, nadie sabía que el gigante iba a ser un gigante. Era grande, sí, pero nada extraordinario.

En su adolescencia, André pronto supo que su altura le iba a deparar una vida inusual. A los 16 anos, y con una altura de 2,12 metros, su cotidianidad era complicada de vivir. Actividades simples, diarias, que debido a su contextura física le era imposible de realizar. Transportarse en colectivo o conducir un automóvil eran tareas que André ya no podía hacer.

Roussimoff sufría de acromegalia, una patología que produce demasiada hormona de crecimiento

El voluminoso adolescente pronto dejó los estudios. ¿Quién necesitaba títulos cuando su vida iba a ser trabajar en el campo? Sin embargo, el azar hizo que aquella rareza con la que tenia que convivir, sea extraordinario para un nacido en una Francia de postguerra y hambruna. Un cazatalentos se presentó en el pueblo. Quería llevárselo a París e introducirlo en el mundo de la lucha libre.

Por las mañanas, usaba su extraordinaria fuerza en una empresa de mudanzas; por las noches, entrenaba. Sin embargo, era incapaz de controlar su fuerza, sus compañeros no querían pelear con él por miedo a que les hiciera daño. Aun así, era evidente que el chico era especial.

Debido a condición física, pronto se convirtió en un “frikie” y con eso, se volvió millonario en el mundo del entretenimiento.

Pronto, las marquesinas de los gimnasios de París se llenaron con su primer nombre artístico: Géant Ferrè. Y, en un tiempo récord, hasta la capital francesa también se quedó pequeña para alguien con sus proporciones. Empezó a ver mundo y, con 22 años, voló a Japón.

Los japoneses enloquecieron con su tamaño. Atraía a tantos fans como taxistas le rehuían. En un país donde la estatura nacional es baja, André destacaba todavía más. A una edad en la que se supone que debía haber acabado de desarrollarse, André seguía creciendo. Medía 2,17 metros. Visitó a un médico. El diagnóstico fue descorazonador: acromegalia. Gigantismo. El especialista le puso fecha de caducidad a sus aventuras: a los 40 años su organismo diría basta y fallecería. Le faltaban 18 años. Y André estaba dispuesto a disfrutarlos a tope.

En el ápice de su carrera, Donald Trump, que por entonces era promotor en el mundo del espectáculo, organizo una pelea contra Hulk Hogan.

Sus representantes tuvieron una idea genial: en primer lugar, cambiaría su nombre artístico por el de André El Gigante. Además, le diseñaron toda una campaña de publicidad para remarcar sus cualidades: le hacían subirse a cajas de cerveza para parecer todavía más alto en las entrevistas y le aconsejaron no moverse por el ring para parecer más colosal. El público enloqueció y André se convirtió en millonario.

Detras de las candilejas, existen las sombras, y la de Andre era el alcohol. Un día normal consumía seis botellas de coñac (en horas de servicio). Y para comer, era capaz de trasegarse una docena de cervezas, cinco botellas de vino, y unos cuántos cócteles destornilladores.

Se le conoce una sola hija, llamada Robin Christensen Roussimoff, a la que reconoció después de unas pruebas de ADN.

Su cuerpo no paraba de crecer, y André sufría continuos e intensos dolores. Se rompió un tobillo, y los médicos se las vieron y se las desearon para proveerle de unas muletas que soportaron su corpachón. Peor fue cuando decidió operarse la espalda para paliar el dolor. Hubo que fundir dos camillas, pues no había forma de que entrara en una sola, aunque la peor parte se la llevó el anestesista: era incapaz de saber qué dosis administrarle para dormir a aquella fuerza de la naturaleza.

En 1986, viajo a Londres para interpretar a Frezzik, el gigante bonachón de ese clásico del cine familiar llamado La princesa prometida. En 1988, tuvo su pelea estelar con una incipiente estrella de la “lucha libre” llamado Hulk Hogan. 93.000 espectadores, récord histórico de un espectáculo cubierto. Sirvió de inspiración en el diseño del personaje en el videojuego Street Fighter con sus medidas en forma de píxel. Había conquistado todos los premios y campeonatos de la lucha libre. André ya era una leyenda.

Una vida ajustada; su contextura física hacia que un día normal, no sea tan normal.

También acrecentó su éxito entre las mujeres. Corren todo tipo de leyendas sobre pundonor sexual. Sin embargo, su vida íntima nunca fue algo de lo que le gustara alardear. Se le conoce una sola hija, llamada Robin Christensen Roussimoff, a la que reconoció después de unas pruebas de ADN.

En 1993, André volvió a su Francia natal para acudir al funeral por su padre. Se movía con muchísima dificultad y con la ayuda de un bastón. Cada día, su chófer le llevaba en su coche de lujo convenientemente adaptado desde su hotel parisino de cinco estrellas al pueblo Molien y hacía lo que más le gustaba en el mundo, además de comer y beber: jugar a las cartas con sus paisanos en el bar de la localidad.

Un buen día, el cochazo no apareció. André había muerto de noche, el corazón desbocado de tan grande que lo tenía. Causa de la muerte: insuficiencia cardiaca. Era 1993 y tenía 46 años.

La serie “André el Gigante” ya esta disponible en HBO