John Lennon solía decir que había nacido durante un bombardeo nazi. Los periódicos de la época señalan ataques del blitz alemán sobre Liverpool –que, en tanto puerto, era un objetivo estratégico- el 7 y el 10 de octubre, pero la imprecisión histórica es solo una anécdota.
Lo cierto es que, como sus futuros compañeros, Lennon fue producto de una generación de posguerra cuyo hambre de cambios culturales tuvo directa relación con lo que sucedería en los años ’60.

La militancia pacifista que lo caracterizó en su madurez tuvo que ver con su interacción con Yoko Ono, pero sobre todo con el haber crecido entre escombros, en la Inglaterra del racionamiento y la escasez producto de la Segunda Guerra Mundial.
La ausencia de Alfred Lennon –el marinero a quien John supo recriminar su oportuna reaparición cuando él ya era una estrella-, el tironeo entre dos crianzas femeninas contrapuestas, no son datos menores a la hora de explicar o entender su personalidad.

La tía Mimi le dio amor incondicional pero también un estricto corset ante el que rebelarse; la madre Julia fue un espíritu libre, que le enseñó sus primeras canciones en un banjo y le regaló su primera guitarra ante el ceño fruncido de Mimi, que le decía “la guitarra está muy bien, pero nunca te vas a ganar la vida con eso”.
Julia sería poco después otra ausencia dolorosa: su muerte en un incidente vial forjó a un adolescente rebelde, poseído por una furia que solo lograría liberar del todo en la terapia del “grito primal” muchos años después.

Ese Lennon primigenio asustaba a los padres de sus amigos, que recomendaban evitarlo; pero ahí estuvo el primer lazo de hierro con quien sería su socio en la revolución. Porque Paul McCartney tenía un espíritu menos belicoso, pero lo consumía el mismo dolor por la muerte de su propia madre.
Esa coincidencia humana, sumada a la misma pasión por la música que llegaba de Estados Unidos, estableció las bases de una sociedad artística destinada a la leyenda. El resto es historia.

“Mataron a Lennon”
Fue en la puerta del edificio Dakota, en la calle 72, a metros del Central Park en Manhattan. Ocurrió el 8 de diciembre de 1980 a las diez y cincuenta de la noche. Después de horas esperándolo en la puerta de su casa e incluso de pedirle que le firmara un disco de Double Fantasy, un fanático llamado Mark David Chapman, de 25 años, se acercó a John Lennon y le dio cinco disparos certeros.

El artista cayó desangrado ante los gritos desesperados de su esposa, Yoko Ono, y murió unos minutos después camino al Hospital Roosevelt.
El asesino, en lugar de huir, quedó ahí petrificado, con el revolver en las manos y atento a la escena que acababa de cometer. Pronto lo detuvo la policía. A Lennon, en tanto, lo atendió el médico Stephan Lynn, que le hizo masaje cardíaco hasta que no hubo más por hacer.
Fue él quien le comunicó a Yoko Ono que su marido acababa de morir. Y también quien habló con la prensa.

Quién sería John Lennon hoy? ¿Tendría el mismo nivel de actividad que su socio de la posguerra, que sale de gira y entrega shows de tres horas en plena forma? ¿Celebraría como celebró Ringo sus ocho décadas? ¿Hubiera existido una reunión concreta de los beatles?
Quizá solo cabe la seguridad de que sería, como tantos artistas de Estados Unidos, un furibundo crítico de Donald Trump. Queda la triste comprobación de que a veces al final no se recibe el mismo amor que se da. Y la sensación de que su muerte dejó a varias generaciones tan rodeadas de escombros como el día que pegó su primer grito.
